Será el calor, por José Félix Sánchez-Satrústegui

De joven quise dibujar con palabras lo que me contaban las estrellas, quise ser poeta, pero la realidad cotidiana se me puso siempre en contra; aparte del contexto deprimente y nada inspirador, una manifiesta dificultad creativa convirtió mi vena lírica en vírica e, incluso, en satírica. Me hice, pues, médico y tocapelotas. No sé por qué me acuden ahora a la cabeza esas cosas, será el calor.

Cuando la culpa global la tenía Zapatero éramos tan jóvenes que apenas recordamos qué provocó la quiebra de Lehman Brothers en EE. UU. y hasta una crisis económica mundial. Eso decía la eterna derecha patria, que tiene por costumbre atribuir cualquier mal a la izquierda, con estentórea implicación de los compinches mediáticos. El odio se ha trasladado a Pedro Sánchez, quien, con socialcomunismo y nocturnidad, después de suprimir nuestra libertad responsabilizando irresponsablemente a un virus, desboca la inflación así en la tierra como en el cielo, subvierte la tradición romántica de aquel sol español para que nos achicharremos y, con maniobras bolivarianas, provoca una crisis energética global. Al fin, para colmo, aspira a sumir a España en la oscuridad a partir de las diez de la noche, poner el aire acondicionado a tal temperatura que no tengamos que llevar abrigo en verano ni manga corta en invierno en el interior de edificios y locales de uso público y, ahondando en vileza y desaliño, evitar la corbata estival. En Madrid, no. Madrid no se somete a tales atropellos contra la libertad térmica, lumínica y señoritinga. MAR, el asesor que agita el oleaje alrededor de Ayuso para que ella se suba a las crestas, la ha animado para que se oponga a lo que sea. Y lo ha hecho con su habitual insensatez. Iluminará por la noche incluso los lugares vacíos, pondrá la temperatura de los locales de uso público a 30º en invierno y a 10º en verano y obligará a llevar corbata en la playa (¡cómo que aquí no hay playa!). Feijóo, que apoyaba las medidas de ahorro gubernamentales, ha tenido que rectificar ante la rotundidad de su jefa de facto.

Dos cuestiones. Por un lado, no se debe perder el tiempo en intentar convencer a la Barbie Madriles (si a la clásica famosa muñeca la definía la frase «tú puedes ser lo que quieras ser», a la matritense la que mejor la resume es “razonar es muy difícil, jo”): cuando algo entra en un cerebro de forma irracional, es imposible sacarlo de allí de forma racional. Por otro lado, los responsables de comunicación que asesoran a Pedro Sánchez deberían saber que para que haga lo que uno pretende hay que incitarla a lo contrario. A ella y al PP al completo.

La derecha patria sigue convencida de que el poder le corresponde por la gracia de Dios y de aquella guerra posgolpista. Por sus santos cojones, o sea. Y hasta es posible que tengan razón a pesar de los intentos de la democracia. Vean si no que, aunque no ostenten el poder político, detentan los demás: económico, judicial, mediático…

Mark Twain definió al banquero como a un señor que nos presta un paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover. Voltaire ya había advertido mucho antes que “si alguna vez ves saltar a un banquero suizo, salta detrás; seguro que hay algo que ganar”. Calificar como suizo a un banquero era una reiteración que hoy ha perdido su sentido una vez mundializado el asunto. “Agrupémonos todos en la usura total…”, comienza el himno de la Internacional Bancaria.

Qué decir de las eléctricas. Llevan menos tiempo en esto del latrocinio legal a gran escala porque Thomas Alva Edison nació mucho después que Marco Junio Bruto, famoso prestamista de la época romana, y Juan de Medici e hijos. Los beneficios caídos del cielo, además de llevarnos al resto a la oscuridad tenebrosa del infierno, los mantienen en posición tan privilegiada como a los banqueros, categoría divinos de la muerte.

Iberdrola anuncia un beneficio de 2075 millones de euros en el primer semestre del año, un 36% más que en el mismo periodo de 2021. Repsol duplica beneficios. Cuatro de los grandes bancos que han presentado resultados obtienen un 35% más de ganancias que el anterior, que ya había sido muy bueno. Aun así, preparan la guerra contra el Gobierno por los impuestos, que gravarán con el 1,2% los ingresos de las energéticas y con el 4,8% las comisiones e intereses de los bancos.

Los dueños de todo quieren más. Ya han amenazado con hacer lo imposible para que el Gobierno retire las medidas que palien el coste de la energía sobre la mayoría de los ciudadanos. Nadie habla de los que tienen menos, los dueños de nada. Los escaparates deben permanecer encendidos a deshora mientras La Cañada Real permanece a oscuras a cualquier hora. Son los claroscuros del capitalismo, su imagen más característica.

La justicia adolece de visión monocular, el ojo izquierdo le viene anulado de serie, salvo honrosas excepciones. Solo ve por el derecho, incluido el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la rama judicial del PP. Su renovación es torpedeada por la derecha cuando no tiene mayoría. Lo hizo M. Rajoy, Casado y, ahora, Feijóo. El Gobierno tiene que actuar con valentía y modificar el sistema de elección de sus vocales, porque si no es así, el PP lo mantendrá bloqueado hasta que gane las elecciones. Son tan constitucionalistas.

Los medios de comunicación, incluidos los públicos, tampoco lo hacen mal. A los tejemanejes de Villarejo y Ferreras contra Pablo Iglesias se suman otros. Mauricio Casals, el príncipe de las tinieblas, presidente de La Razón y adjunto a la presidencia de Atresmedia, exigió con actitud chulesca y amenazante a un alto cargo del Gobierno el final del programa de Jesús Cintora en TVE, Las cosas claras, según cuenta el propio afectado. El programa, ¿casualidad?, fue retirado.

Ciertos atavismos procedentes de la dictadura y no superados por la democracia, nos sitúan en una especie de “cloacocracia”, el gobierno de los hediondos que, en la superficie, disimulan su hedor envueltos en perfumados trajes de olor cínico, pero que para actuar necesitan reunirse entre ratas en los subterráneos de la política.

Ante tanta realidad terrenal y subterránea intento despejarme con ficción y poesía sin conseguirlo.

La inteligencia artificial pasa por encima de mi torpeza natural; los algoritmos, que imponen un nuevo orden mundial, me abruman. He sucumbido al torpedeo de mensajes, incluidos los que provienen de la publicidad tradicional. Llevo días inventando problemas para recurrir a un asesoramiento legal que no preciso; cambiarme de seguro, cabreado con el mío, aunque no lo estoy, e irme tranquilo de vacaciones previa búsqueda de una empresa de seguridad (cuando solo deseo holgar sin salir de casa).

Me quedé dormido inmerso en estas cuitas. Sin embargo, mi ánimo poético, nunca bien desarrollado, apareció en su versión onírica. Soñaba la noche iluminada por una luna frágil atacada por realidades hostiles. De pronto, la luna estalló en mil pedazos y, en lugar de hallar palabras de consuelo lírico, me desperté aterrorizado y comencé a buscar desesperadamente el número de teléfono de Carglass. Sin remedio. Será el calor.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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