“El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita”. Así comienza El coronel no tiene quien le escriba, la novela de García Márquez, de la que es paráfrasis el título de esta columna de opinión.

Los mandos jubilados se aburren del golf y de vivir a cuerpo de militar retirado con exceso de concesiones jubilatorias y medallas colgando de su pechera y de nuestros bolsillos.
Tras largas sobremesas a cubata limpio se van viniendo Arriba (España). Hartos de contarse las mismas batallitas y de que no se les haga el caso que creen merecer, el coronel (o el general) abrió la tapa de cada uno de los cerebros y comprobó que no había más que una cucharadita de neuronas en cada uno de ellos; pocas sí, pero muy patriotas. Alrededor del enésimo copazo, deciden conjurarse prietas las filas para resucitar el franquismo y a su caudillo irremplazable.
Durante su discurso televisado de la Nochebuena de 1969 –el año en que nombró a Juan Carlos de Borbón sucesor a título de rey–, el dictador pronunció aquello de «lo dejo todo atado y bien atado». La mal llamada “transición modélica” fue el mejor ejemplo, no el único, de la verdad que encerraba la famosa frase, aunque al principio nos riéramos ingenuamente de ella. No fue modélica porque, a pesar de reconocer la lucha de tantos por traer la democracia y de que se consiguieran grandes logros mediante el diálogo y el acuerdo (sobre todo por las renuncias de gran parte de la población que había sufrido más que nadie la dictadura y quería salir de ella como fuera), confundimos la meta con el tránsito. No dimos los pasos suficientes para superarla. Hicimos de la democracia una rutina por acabar, renunciamos a la aventura de renovarla y mejorarla cada día.
Quedó atado y bien atado el Jefe del Estado, nombrado por el dictador y adoctrinado por él y sus secuaces; también la Monarquía como tal, que aprendió a ser permisiva con déspotas y empresarios corruptos, obteniendo de ellos suculentos beneficios económicos para la familia. Se quedaron anclados en el cuarentañismo buena parte de la Justicia, la Policía y el Ejército; la política permaneció pegada a la tecnocracia y a la corrupción, como él nos enseñó. La transición comenzó con la reforma, no con la ruptura necesaria con la cruel tiranía. Era la manera de que no hubiera ruido de sables en un momento difícil para el nuevo tiempo, pero no haber roto, siquiera poco a poco, con las losas del pasado, hace que los militronchos se crean con derecho a hacerlos sonar tantos años después. La Educación para la Ciudadanía y la Democracia debería ser una asignatura obligatoria para todos, incluidos los estamentos judiciales, policiales y militares. Visto lo visto, un recordatorio previo a la jubilación tampoco vendría mal.
Los nuevos defensores de la Constitución, que cuando hubo que votarla prefirieron seguir siendo fieles a las Leyes Fundamentales de aquel Movimiento paralizante, ahora se erigen en guardianes de la libertad (que confunden con mantener sus privilegios), la cual suprimirían si volvieran a tener el poder. La extrema derecha dice que los neogolpistas son de los suyos, y la derecha, se muestra tibia y condescendiente. El problema para ellos es el gobierno socialcomunista salido de las urnas, como ya lo fuera para los golpistas en el 36 o para Pinochet en Chile. ¡Qué oportunidad pierde de nuevo el PP para desligarse de la ultraderecha!
La soldadesca retro escribe, cara al sol, cartas de amor al Rey y a la Patria amenazada entonando el himno España se rompe a orden de corneta de Vox. Sin embargo, la ruptura viene determinada no por lo que acusan al Gobierno, sino porque a los patriotas de sable y bandera les gustaría fusilar a más de la mitad de sus compatriotas (que rima en consonante contradictoria), porque con las políticas de recortes en sanidad y educación o la entrega de las residencias de ancianos y las viviendas públicas a los fondos buitre, verbi gratia, abren una profunda brecha social. España se rompe, en fin, por las desigualdades cada vez mayores entre los que más tienen y los que menos, debidas a políticas que hay que revertir con urgencia.
Llega la Navidad y me envuelve la nostalgia de aquellos discursos del Emérito en los que hablaba de ejemplaridad. Por seguir su ejemplar ejemplaridad, ahora intento ir tirando sólo con 100 mil euros al mes, busco un jeque árabe que me regale 65 millones y, después de comprarme un tren de alta velocidad (que estoy harto de estar todo el día andando de la Ceca a la Meca), con lo que me sobre, obsequiar a una princesa amorosa porque se me desborda el cariño a borbones (perdón, a borbotones). También voy a ver si consigo convencer a Hacienda de pagar 678.000 euros y no los millones acumulados patrióticamente que he escondido en Suiza, la capital real de mi patria. También estoy intentando opacificar mi transparente tarjeta bancaria.
Formo parte de los que apoyan al gobierno “social-comunista-bolivariano-filoetarra-separatista” (uff, que me asfixio antes de que me fusilen). Muy oportuna la intervención de Errejón en el Parlamento en la que ha recordado que para el PP, “el poder político sólo es legítimo si les pertenece y si no les pertenece nunca es legítimo”, El “constitucionalista” Casado se ha dirigido a Sánchez en tono de reproche: “¿Tanto les cuesta celebrar la Navidad, que es el nacimiento de Jesús, en un país cristiano?”. La profundidad ideológica del argumentario de este perdonavidas no da para más. Como tantos otros artículos de la Constitución, al retoño de Ánsar se le olvidó el 16.3, que afirma que ninguna confesión tendrá carácter estatal. No digo nada sobre laicismo, religiones y el poder anticonstitucional de la Iglesia Católica, no vaya a ser que esa anomalía prehistórica e histérica que suponen los abogados cristianos asociados se ofendan y los jueces nacional-beatos me hagan la puñeta.
Mientras permanecemos expectantes ante la vacunación, la pandemia va a limitar las celebraciones navideñas, si bien no sabremos cuánto y cómo hasta el último momento. Es preciso recordar a quienes acusan al Gobierno de eludir responsabilidades dejando algunas decisiones en manos de las Comunidades Autónomas, que lo culpaban de lo contrario cuando el estado de alarma de marzo. Merkel, a quien Casado pone de ejemplo, ha tomado medidas acordadas con los presidentes de los Länder, impensable aquí con una cabezahueca como Ayuso. Esta pija se ha gastado una millonada innecesaria en lo que ha llamado Hospital Isabel Zendal, del que se espera el cambio de nombre a Trampantojo Díaz Ayuso.
Queda por avanzar en una hoja de ruta “progresista, verde, feminista y de mayor cohesión social”; no obstante hay algunas buenas noticias políticas: aprobación de los presupuestos, reforma de la ley de educación, eutanasia, memoria histórica, protección a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, cambio climático.
Sigue pendiente la armonización del sistema tributario y la aplicación de un modelo económico menos precario y más redistributivo. En el ámbito social se dio luz verde al ingreso mínimo vital, pero su gestión se está mostrando compleja. Quedan diferidas la reforma laboral, el salario mínimo, la igualdad y un Poder Judicial más plural.
Son los asuntos en los que hay que seguir avanzando mientras los patrioteros se dedican a marcar territorio con la bandera como los animales hacen con sus excrementos. Ellos son los que la rebajan a esa categoría, yo únicamente renuncio a los trapos como seña de identidad.
Aunque no quisiera ser escatológico, termino con la expresión que resume qué me parecen todos estos fascistas civiles o militares añorantes del genocida, que coincide con la última palabra de la novela de García Márquez que cito al comienzo: “Mierda”.
José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

