Hace 365 días, la vida me puso frente a ¡¡¡LA GRAN PRUEBA!!! El EXAMEN (con muchas mayúsculas) y un gran salto de fe que me pareció casi cuántico porque sentí, nítidamente, cómo una enorme disyuntiva, de nombre cáncer, me empujaba a estancarme y desaparecer o a estirarme como un chicle y crecer.
Sin embargo, necesito dejar claro desde la primera línea que no por ello soy valiente, ni lucho contra el cáncer, ni me gusta regocijarme en la enfermedad porque estoy muy lejos de considerarme una víctima. Simplemente soy un SER haciendo alquimia, fluyendo como puedo -y al igual que hacen otros con lo suyo-, por los recovecos de la experiencia que me ha tocado vivir, haciendo malabares con los dones y carencias que me cayeron en esta ruleta, llamada VIDA.
Hablando de regalos, he de decir que escribo porque adoro las palabras desde que tengo memoria, me declaro adicta a los juegos que podemos hacer con ellas, ¡y hasta estoy convencida de su fuerza, poder y casi vida propia! Y no sé, pero creo que esta especie de «ludopatía gramatical», también ha marcado mi particular viaje-cáncer, por ejemplo haciéndome desechar, desde su «kilómetro 0», las expectativas que pudieran acarrear frustración.
Así eliminé de mi vocabulario la estresante palabra «lucha» que, desde el principio, parecía empeñada en conducirme a una guerra «en contra de», no dejándome ser junco, empequeñeciéndome frente a un gran enemigo invisible. También borré, porque nunca me gustó, la coletilla del adjetivo «valiente» tan automáticamente asociado al cáncer, porque me niego a que, según qué circunstancias, se etiquete a las personas como a un producto de supermercado, impidiéndoles SER, pero pareciendo que son.
En cambio, me apunté, apunto y apuntaré a la magia de la palabra «ACEPTAR» y el calificativo «consciente». Lo siento, pero hay tantas formas de gestionar una realidad que la pregunta me resulta inevitable: ¿de verdad se es valiente sólo por el hecho de tener cáncer o, sanos y enfermos, somos valientes cuando en vez de pasar de puntillas, nos atrevemos a VIVIR la vida con intensidad, experimentándola en su profundidad holística, de VERDAD, sin autocensuras y en toda su magnitud?
A veces me parece que todo -incluido el universo cáncer- está cuajado de etiquetas, prejuicios, automatismos y tópicos… De hecho, y valorando el bendito afán de visibilizar un problema, la solidaridad frente a una casi pandemia, la gran dedicación y el trabajo de muchas personas -y mucho más en estos tiempos de crisis- confieso, desde el principio, que no me gustan los lazos rosas, los días mundiales de o contra nada, las fotos de sonrientes famosas maquilladisimas y muy favorecidas con sus turbantes también muy rosas que adornan las marquesinas de los autobuses y las revistas del corazón, o las carreras frenéticas, masivas y muy vistosas que se dan una vez al año, si es a costa de olvidar que la auténtica meta del cáncer es una labor de prevención con información y concienciación basada en la integración, unida a la necesaria investigación con financiación (¡Y todos los días!).
O las clases sobre cremas, maquillajes, pelucas y turbantes cuando, además de la necesaria autoestima, la belleza y la apariencia tantas veces asociada al negocio de la estética, no van acompañadas de la ética que supone un entender profundo de la enfermedad: la misma enfermedad a la que, sin lugar a dudas y siguiendo a Jung, considero una gran aliada para ayudar a despertar mirando dentro, en vez de seguir soñando al vivirla sólo por fuera…
(Continuará)


