Un estellés obispo de Buenos Aires. Por Juan Andrés Pastor

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¿No os pasó a muchos que el nombre de Jorge Mario Bergoglio no os sonaba en absoluto, hasta que este argentino de 79 años fue elegido Papa en sustitución de Benedicto XVI?

Al conocerle el desempeño como Arzobispo de Buenos Aires, recordé como en 1991 entré cargado de curiosidad en la catedral de esa ciudad austral.

La primera impresión al ver el templo desde el exterior es más la de una biblioteca que la de un lugar religioso. Una vez en su interior me puse a leer placas, lápidas, e inscripciones varias y en una de ellas me di de bruces con el nombre de Antonio Azcona Imberto. Me llamaron la atención, no uno,  sino los dos apellidos, ambos reconocidos. Azcona en el Valle de Yerri a 11 mil kilómetros de distancia, Imberto por tallista y escultor en esta Estella del s XVI.

El tal Antonio resultó ser nacido en nuestra ciudad y obispo de la diócesis de Buenos Aires en pleno s XVII. En ningún lugar hasta ese momento había sabido de él.

Nuestro paisano nació aquí en 1618 y murió allí en 1700. Su vida mejora con creces las aventuras y desventuras que seamos capaces de imaginar. Su primer viaje a América le llego con 25 años, acompañando al Obispo de Yucatán, siendo ordenado sacerdote un año después.

Como párroco se estrenó en la ciudad de Potosí (Bolivia) tan famosa por las minas de plata que aún en la actualidad seguimos valorando los tesoros con dicha referencia.

Veintiocho años más tarde, al sumar 53, se le sitúa de nuevo en Madrid esperando ser nombrado obispo auxiliar de Lima. Sin embargo a Inocencio XI le dio por otorgarle el obispado en Santa María del Buen Aire. En ese momento nuestro protagonista cambio definitivamente el Ega por el río de la Plata.

Ya no hubo regreso. Tomó posesión de su nuevo cargo el 16 de mayo de 1677, permaneciendo en el mismo hasta su muerte en 1700 cuando contaba 82 años.

De su mandato los cronistas destacan la apertura del Hospital de San Martín dedicado a asistir a los pobres del lugar. Aseguran que su empeño personal permitió terminar la catedral bonaerense arrasada por un temporal en 1682, llegando a ejercer como maestro de obra.

De aquel tiempo data una carta enviada al Rey Carlos II “El Hechizado”, último que lo fue de la dinastía de los Austrias, manifestando las dificultades para encontrar misioneros que evangelizaran a los indios. Esas cuitas desaparecieron cuando los jesuitas decidieron asumir el reto.

Antonio Azcona Imberto, primer obispo porteño procedente del clero secular y natural de Estella-Lizarra murió en Buenos Aires cuando acababa el s XVII, el de las luces, y se iniciaba el XVIII. Sus restos descansan en la catedral metropolitana.

Juan Andrés Pastor

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