
Hay lugares mágicos en el mundo. Me consta. Algunos se publicitan en camisetas deportivas, como fue el caso de mi tierra, Huesca; y otros aparecen en tu vida para quedarse, permanecer y no abandonarte. Reinciden y se manifiestan especialmente en los grandes eventos, locales o mundiales, tanto da. Estella-Lizarra es, sin duda, uno de ellos. A mí ya no me sorprende en absoluto, estoy preparado para la oferta y siempre supera mi demanda.
Este sábado 31 aterricé de nuevo -para pocas horas, mis visitas cada vez son más espaciadas y más breves- y, fiel a mi costumbre, me lancé a la calle. Ajetreo, o lo que es lo mismo, ciudad viva. La San Silvestre atestada (esa carrera que siempre gana mi amigo Rubén Juániz, al que en su día entrené, pero no tuve que enseñarle nada, venía aprendido).
Que no me vengan con el sonsonete de la Navidad consumista, el Corte Inglés, la obligación de sonreir… Allí se animaba quien quería, y quien no, también. Ambiente festivo vecinal. Banda de música no oficial, viento metal en la calle, en la puerta de los bares, con un swing jazz fantástico, primero el New York de Sinatra, después los pelos de punta al escuchar los acordes de una ¡marcha militar! (allí es nada) ligada históricamente a la ciudad: Bajo la doble águila, de Wagner; que a todo el mundo se le llena la boca con que es de Wagner, y con la Alemania Nazi, pero que resulta que es otro Wagner, apunten: Josef Wagner, austríaco, músico militar de finales del siglo XIX, que es como ser universitario y tuno por ejemplo.
Y mis piernas quieren moverse al ritmo (las tres, bastón incluido, no piensen mal). He saltado y gozado al ritmo de esas notas más domingos de agosto que muchos de los indígenas que me acompañan en ese momento, de nuevo mágico en mis recuerdos, pero la orquesta se va al finalizar, a buscar nuevo auditorio.
Y yo me voy a otro garito, consciente de que mi emoción es auténtica, mas mi pedigrí es consorte -por conquistas, como bien reza anualmente mi declaración de la renta- y no me importa en absoluto. Con mi paso cansino retomo la magia, y me mimetizo en las estrechas calles como un ectoplasma, admirando, sin guía y sin destino específico.
Encamino hacia Chapitel, renqueante, y paso a la Rúa a contemplar todo lo que aprendí y sigo aprendiendo. Levanto la vista hacia San Pedro, majestuoso, y me niego a utilizar su ascensor (lo siento, no me gusta sentirme inválido). Desde la plaza de San Martín escucho el rumor familiar del Ega y recuerdo cuando bajaba esas escaleras bailando pañoladas, aun forastero, me entra morriña, es probable que no haya más. Vuelvo hacia el núcleo duro, bares y comercios a pleno rendimiento. En la calle Mayor casi me parece oir el sonido que hacen las vacas en el encierro aproximándose, creciente, amenazante…, más morriña; otra cosa más que nunca sentiré.
Tampoco pasa nada. Hay que saber que la vida pasa, inexorable, y a veces pasa sin más y otras muchas por encima, como un tren de mercancías, uno de esos convoyes que yo, confuso, suelo esperar en aeropuertos, bobalicón de mí.
Descanso en la ruta. Otro vino, navarro, desde luego. A gusto, solo, o mejor conmigo. Pienso entonces: ¿tan mala es la Navidad? Y añoro el día de Reyes y la sorpresa que me traiga, y la alegría de los estelleses ese día; y me da pena no poder acudir más a menudo, y pienso que ya llegará el Puy, y la Semana Medieval, y San Andrés y las fiestas de agosto, y que aunque yo falte, me encanta ver a Estella – Lizarra sonreir.
Porque Estella es pura magia.


NUNCA HE ESTADO
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Estella es lo más!
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Una magnifica descripción, pasear por sus calles es todo un lujo, y más en la compañía de gente tan ilustrada como Juan Ándres Pastor, Un autentico cicerone, y de Juan Mantero, las calles huelen a historia, saben a leyenda, y si es pura magia.
Reme Gras.
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