¿Dichosa infancia?, Por Pilar García Torres

 

pilar garcia torresLa verdad es que mi infancia creo fue mejor que la de mi hijo y desde luego mejor que la de mis nietas, me explico. Mi generación, la del Baby Boom, tuvimos una infancia muy libre y en cierto modo un poco asalvajada. Pasábamos mucho tiempo en la calle, con el resto de chiquillería que habitaba las minúsculas casas, en mi caso de barrio obrero y éramos muchas.

El niño que salía obeso solía ser por algún tipo de disfunción metabólica o endocrina, no porque no hiciera ejercicio. La comida era más sana y además teníamos la gran suerte de quemar más de lo que ingeríamos. Daba igual si el juego era el balón prisionero, que el rescate, que el bote Bolero, que Jim West, a mí me encantaba ese, yo siempre era la chica, obvio.

En cualquiera de esos juegos había entre 5 y 10 personillas que corrían en cada uno de ellos. Al balón prisionero corrías hacia adelante, hacia atrás, en el rescate, corrías para que no te pillaran, en el bote Bolero, corrías para esconderte y cuando te descubrían volvías a correr para salvarte. Por eso ahora cuando me dicen, deberías correr, pienso si tú supieras la de kilómetros que me he hecho yo entre los 3 y los 16 años.

Nuestras vacaciones, las de las madrileñas, castizas y gatas como yo, que no teníamos pueblo ni por parte de madre, ni de padre y tampoco de abuelos o abuelas, consistían en que todos los sábados o domingos nos íbamos al río Jarama o al Henares a pasar el día, cargadas como sherpas, con los filetes empanados, tortillas de patata, pimientos y la sandía o el melón. A veces hasta llegábamos al Tajo o a Aranjuez. De esas incursiones a los ríos de Madrid, volvíamos achicharradas del sol y cansadas para otra semana.

Luego los días de diario un vecino que tenía una llave de las bocas de riego, nos regaba con una manguera mientras la marabunta infantil en bañador, en el mejor de los casos, gritábamos “la manga riega que aquí no llega” y el vecino nos daba manguerazos para refrescarnos. Me río yo de las duchas de espuma de los bomberos el “Dia del niño”.

Mi generación, que vivimos nuestra infancia en la dictadura, decidimos ser padres y madres permisivos, superprotectores, miedosos, no dejando que las criaturas salieran solas a jugar a la calle, bueno si me apuras a que salieran a la calle, sin más. Les dedicábamos mucho tiempo, pero en casa, en unos casos con juegos didácticos, en otros con lo que se les antojaba, porque decidimos darles todo. ¿Para qué se lo iban a currar, si nosotros podíamos darles lo que quisieran?

Y vienen las nietas y la cosa se complica más, pegadas a una Tablet desde que nacen, bueno eso las que pueden permitírselo, porque otra de las cosas, la enésima que nos ha demostrado la COVID19, es que no todos los niños y niñas tienen las mismas oportunidades por mucho que la educación obligatoria sea gratuita.

Nos hemos encontrado con que miles de niños no han podido seguir sus clases por falta de medios técnicos, porque los padres y madres tampoco podían ayudarles porque no tenían conocimientos suficientes y lo peor, es que miles de niños si no iban al colegio no comían.

En aquellas Comunidades gobernadas por psicópatas, les hemos tenido tres meses comiendo pizza y sándwiches, eso después de despedir a las empresas encargadas de los comedores escolares, a las que ahora la psicópata y por ende las madrileñas tenemos que indemnizar y todo para beneficiar a los colegas, pero esa es otra historia.

Yo quiero hablar de esos héroes diminutos en edad y estatura, pero grandes en demostrarnos a toda la sociedad que ellos y ellas sí que saben adaptarse al medio, que son resilientes, más bien la pura esencia de lo que significa esa palabra tan de moda ahora, unas veces para bien y otras para mal.

No sé si os habéis parado a pensar que cuando el día 10 de marzo (en Madrid) les encerramos en casa para protegerles, les despojamos de todo su mundo, su cole, sus amigos y amigas, su rutina, y de repente se encuentran con una familia a la que antes apenas veían y de la que apenas disfrutaban.

Se encuentran con una realidad en la que tienen que demostrar, que son lo suficiente maduros como para estudiar sin profe, vale muchos padres han hecho una parte de esa función, pero no todos, es más, han tenido que aprender a crearse una rutina para estudiar, hacer deberes, no molestar a padres y madres que teletrabajaban y necesitaban también un poco de paz.

Lo han soportado todo como sus superhéroes soportan rayos, truenos, bombas y ataques marcianos, porque además hasta los más pequeños saben lo que es el coronavirus, saben cómo protegerse de él y nos recuerdan lo que hay que hacer, lavarse las manos, no tocarse la cara, no besar, no abrazar, no tocar a otros niños o a sus padres y madres cuando volvían de la compra o del trabajo.

No sólo perdieron el contacto físico con sus amistades, lo perdieron con lo más preciado que tenían, sus abuelos y abuelas, que se debatían en otra lucha más draconiana si cabe. Ya no sólo, no podían salir a la calle, oxigenarse, sino que no podían recibir las caricias, besos, abrazos de ese abuelinato tan querido por las criaturas, que han sido criadas por éstos.

Y lo han soportado todo, el confinamiento, la convivencia con unos padres y madres casi desconocidos, el no ver a sus seres queridos, a sus amigos, a sus profes, no poder jugar en un parque, no poder celebrar sus cumples como era costumbre, etc.

El domingo pasado conocí a Julia, mi nieta nacida en el confinamiento ¿Recordáis? Pues bien, nos fuimos a la casa de campo y no os podéis imaginar lo bien que su hermana María y su prima Hada se sabían la lección. Los columpios ya estaban abiertos y cómo vas a decir a una niña de 6 años que no se suba, ella sabía perfectamente que mientras estaba en los columpios, no se podía tocar la cara, la boca, la nariz y que en cuanto se bajase, su prima la tenía que rociar las manos con hidro alcohol, que para eso lo llevaba en el bolsillo.

Que además tienen que ir con mascarilla y no se la pueden quitar, estamos hablando de niñas pequeñas por favor, que han asumido completamente que el mundo ya no será igual en mucho tiempo y que más vale adaptarse a él.

Por cierto, a esos maravillosos padres, y digo padres porque es a los que he oído por la radio quejarse de que no empezaran las clases porque “los profesores quieren seguir en su casa, mientras que ellos “soportan” a sus hijos” una cosita, espero que hayan aprendido la labor que realizan los maestros y maestras. Que al menos los y las que yo conozco, se han entregado en esta pandemia como no lo han hecho muchos padres y madres, que por cierto, los hijos e hijas son de ellos.

Pero bueno en realidad esto pretende ser un homenaje a nuestros niños y niñas, los grandes olvidados de esta historia siendo con mucho los que más han perdido y los que más se han adaptado a las circunstancias, también los que más están disfrutando de esta libertad vigilada a la que nos tenemos que someter, si no queremos volver al confinamiento.

Así que por mis criaturas, Hada, Izan, María, Ariadna, Erika y Julia, aunque esta última la pobre lo que hace ahora es extrañar a todo el mundo porque en sus tres meses de vida, sólo ha visto a su madre, padre y hermana, pero esperemos que pronto podamos disfrutar también de su reconocimiento.

Así que por favor, señores y señoras de los distintos gobiernos de este país, piensen en la infancia, acuérdense de ella, que coman, estudien, se diviertan, sintiendo que esta sociedad asume que tiene una responsabilidad y una obligación con ella, aunque ya no jueguen al rescate o al balón prisionero y jueguen al fornite, o con el tik tok, pero que jueguen, inventen y desarrollen la fantasía de vivir historias, que antes leíamos en los cuentos y ahora lo hacen en videojuegos, cuentacuentos, etc., por un momento, un solo momento, sean niños y niñas otra vez y piensen en lo que necesitaban entonces, la mayor parte de esas cosas, también la necesitan ahora los más pequeños.

 

Pilar García Torres

 

 

 

 

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