Se nos ha muerto Rafa, por Juan Andrés Pastor

yooooo            El zumbido del móvil en el bolsillo me distrajo de una ocupación tediosa, y agradecí ese ronroneo tecnológico que, casi siempre, avisa de que ha llegado un chiste, ahora se llaman memes, o de que simplemente alguien se ha acordado de ti, es decir de mí.

Sin embargo el whatsapp estaba vacío, nadie en ninguno de los numerosos grupos, en los que debía participar de manera más activa, había dicho nada en esa tarde de calor infernal en la que ni mi perro Jazz mostraba intención alguna de salir de paseo. Era el Messenger quien me alertaba de una nueva conversación. Lo abrí y Gema de manera escueta me daba la noticia:

-Te comento que Rafa ha fallecido. Díselo a quien creas conveniente.

Gema es un encanto de persona a quien me une amistades comunes, la pasión por la radio y esa sed que tenemos cuando escuchamos a alguien que sabe contar historias sin darse importancia alguna. No hemos hablado en más de cinco o seis ocasiones, pero yo sé que nos caemos bien. Eso se nota en la sonrisa y en que cuando charlas y vas caminando no hay prisa por llegar a ningún sitio, porque el único lugar que apetece frecuentar es el tránsito y la compañía.

La última vez que nos vimos fue en el funeral de Rosi, en Estella. Vino junto a su compañero Javier en uno de esos viajes que, afortunadamente, no se pueden programar pero que hay que hacer, porque rinden tributo a las personas que nos han ayudado a ser, que nos han hecho, y que merecen ser sentidas hasta cuando no están. Cuando eso ocurre, el tiempo sólo es un adverbio que nos deja solos, un poco más solos cada día. En ese momento nos esforzamos en hacer del recuerdo una colorida compañía, pero ya no hay ni distancia ni camino, únicamente queda la esencia y una imagen sonriente que se irá diluyendo con nosotros hasta que dejes de titilar. La frecuencia de la muerte nos enseña que eso ocurre, aunque a veces le echemos un pulso a la constancia. Aquel día vinieron Gema, Javier y …Rafael.

-¿Rafa, el sevillano? Gema, ¿se ha muerto Rafa?
-Sí. Estaba con nosotros en Asturias, celebrando el cumpleaños de Javier, hemos salido a hacer un recado y cuando hemos vuelto estaba muerto.

Rafa, tenía 81 años, fue hospitalero voluntario en el albergue municipal de Estella que gestiona la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, desde 2006 hasta 2015. El hospital de peregrinos está en mi calle, la calle de los mil años, La Rúa. Así que enseguida hicimos amistad él y yo.

Rafa era un señor. Perdón, Rafael era un Señor, así con mayúsculas, educado, sonriente, agradecido, atento, trabajador, risueño, con un inteligentísimo sentido del humor y capaz de hacer de la amistad un tesoro que se ofrece a cambio de ser lo que tú sabes que eres, no lo que algunos aparentan desde el engaño. En el año 1960 participó en los juegos olímpicos de Roma, era nadador y se le notaba, sobre todo porque siempre salía a flote una palabra de ánimo y porque para él, el tiempo solo era un pretexto del que disfrutar. Vivía la vida sin exceso alguno, pero paladeando los detalles que hacen de la existencia un bocado exquisito.

Muy pronto hicimos un trato. Consistía en lo siguiente, cuando el me viera por la calle con la que era mi mujer, me decía:
-Hombre Juan Andrés, ¿has adelgazado, verdad?

Entonces yo le contestaba:

-Así es Rafa, ¿Se nota, no?
-Musooo, ya lo creo.
-Rafa tú estás cada día más joven.

Sólo él mentía. Esa fue, a lo largo de los nueve años en los que estuvo en Estella, la única mentira que le escuché. Bueno esa y que el Sevilla iba a fichar a mi hijo Luca cuando cumpliera 18 años. Aunque, a decir verdad, los cumplirá el próximo 21 de septiembre y aún estamos a tiempo, Rafael. Era del Sevilla.

Cada vez que hablaba de Juanito Arza, el niño de oro, lo hacía con una admiración sincera y de forma tan vehemente que un partido de fútbol parecía, en su voz, una epopeya en la que solo refulgía un héroe incansable. Con mi hijo bromeaba constantemente, de la misma manera que lo hacía con la rutina.

Rafael había hecho el Camino hasta en nueve ocasiones. La última al enviudar, entonces al pasar por Estella-Lizarra decidió que se iba a quedar aquí. Llegó a Santiago y ese otro camino, que es el de regreso, que casi nadie hace, le dejó en este campo de estrellas al que tanto quiso. Alquiló un pequeño apartamento, trabajó como voluntario en el Hospital de peregrinos y comenzó a cultivar tantas amistades como sólo una buena persona puede mantener vivas, aun cuando no esté, que es lo que pasa ahora.

A menudo iba a nadar al polideportivo, al Agua Salada o al Ega, fumaba y lo hacía muy despacio, igual que los galanes del cine en blanco y negro, miraba muy sereno desde esos ojos grandes y azules que sonreían mucho antes de que la alegría le floreciera en los labios, y reía como cuando un trueno retumba en la lejanía, sin asustar, largo y resplandeciente. Leía de manera febril, y disfrutó como nadie en la Iglesia de Santa María Jus del Castillo, cuando se encargó de atender su apertura y su cierre. Hasta la vieja sinagoga se llevaba siempre una chaquetica, como él decía, por si acaso.

Poco a poco Estella se hizo a él, fue una costumbre, parte de lo habitual y su paisaje. Su ir y venir por La Rúa, era un rosario de saludos, de bromas, de elegantes piropos a la vida y a las mujeres del barrio que tanto le han querido, porque Rafa era elegante, un caballero hasta cuando no hacía falta que lo fuera. No bebía alcohol, jamás, pero pagó los vinos de todo el barrio en más de una ocasión, invitarle a algo era imposible. Una vez me dijo: ¡Ya pagarás cuando estés en tu pueblo! Y yo no sólo estaba en mi Estella, sino que estaba en mi bar y no pude invitarle. Como Estella nada, decía y toda la felicidad del mundo le brillaba en la risa.

No sé muy bien porqué motivo pero en enero de 2015, Rafa ya no volvió. El Hospital cierra por las fechas de Navidad y retoma su actividad después de reyes. A todos nos extrañó mucho esa ausencia. Algo ocurrió, y todos respetamos su silencio.

Regresó, como he dicho, cuando Rosi murió y lo hizo desde la misma altura rubia de su saber estar, con el mismo cariño que esparció por la calle, con la misma frescura desenvuelta de quien ha nadado sin guardar la ropa, pero ha cuidado de los suyos, y fuimos muchos. Fue de esas visitas con abrazo y palmadas de afecto en el lado del corazón.

Hasta que Gema, me envió el mensaje. He esperado unos días para hablar con Javier. Él es un minero asturiano de esos que se jubilan jóvenes, porque las galerías de la tierra les hacen enfermar y salen de ese agujero negro y profundo con el único brillo de la vida en la sonrisa, y se les queda ahí: en la mirada. Y cuando hablan te dicen compañero y cuando dan la mano parece que te han prestado una pesada herramienta o un arma con la que defender lo cierto, la amistad y el afecto.

Javier lloraba al otro lado del teléfono y me contó cómo fue todo. Al entrar de nuevo en casa, lo vieron tendido en el suelo, estaba claro que se había caído, tenía la nariz fracturada y sangraba, sin embargo estaba boca arriba con los brazos extendidos, paralelos al cuerpo, con los grandes ojos de capitán de barco cerrados, sonreía. Dice Javier que en su rostro se dibujaba el sosiego, el descanso, la serenidad y el alma. Aún respiraba levemente, tomó su mano, le llamó, entonces Rafael quiso hablar pero solo pudo dejar escapar el último aire y decidió morirse, les estaba esperando.

Rafael Toribio Capilla, tenía muchos más amigos que ochenta y uno, que era su edad, mucha más elegancia que todos los desfiles olímpicos, consiguió todos los récords indor y al aire libre en este deporte de la vida y esa sonrisa pícara y sincera con que le recordamos.

Murió en San Andrés de Turón, concejo de Mieres, en la casa de Gema y Javier, donde estaba pasando unos días de vacaciones, lo hizo en los brazos de su mejor amigo. Javier intentó excavar la oscura galería de la muerte y traerlo de vuelta. Esta vez no encontró la veta en la mina profunda del adiós y todo se fue enfriando, lentamente.

Yo le dije a Javier que quiero morir así, de vacaciones, al lado del amigo que me llama, sonriendo y dibujando con los ojos cerrados el paisaje lineal de una calle de Estella, junto a un río y con gente sin prisa que camina.

Gracias amigo.

 

Juan Andrés Pastor

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